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Un Jinete Ciego


Uno de ellos, que era ciego, dejó caer su látigo. Se bajó del caballo, y arrodillado, palpó la tierra buscándolo. No lo pudo encontrar, pero dio con otro que le pareció más elegante, más suave. Montó en su animal y continuó la cabalgata. El otro jinete, que sí podía ver, le preguntó qué había buscado en el suelo.

Una mañana muy fría, dos jinetes cabalgaban por un camino campestre.

Uno de ellos, que era ciego, dejó caer su látigo. Se bajó del caballo, y arrodillado, palpó la tierra buscándolo. No lo pudo encontrar, pero dio con otro que le pareció más elegante, más suave. Montó en su animal y continuó la cabalgata. El otro jinete, que sí podía ver, le preguntó qué había buscado en el suelo.

El ciego le respondió:
– Perdí mi látigo y bajé a buscarlo.– No lo logré, pero encontré este otro.– Es más largo, suave y flexible que el otro.

El hombre que podía ver le dijo:
– ¡Arrójalo!
– Lo que tienes en la mano no es un látigo.
– Es una serpiente adormecida por el frío.

El ciego rehusó tirarla, diciendo que el hombre que podía ver estaba envidioso de su nueva fusta. Un rato más tarde, el calor del día despertó a la serpiente, la cual mordió al ciego, envenenándolo.

El sabio le dice a la persona inconsciente: “arroja ahora mismo el odio y el resentimiento de ti, porque te matará su veneno.”

Dijo el Maestro: uno debe escuchar a aquellos que tienen abiertos los ojos de su corazón. El jinete ciego, símbolo del hombre intelectual, busca un concepto fijo, busca “su” verdad. El jinete que ve, símbolo del hombre sabio, tiene la mente vacía y su corazón lleno. No busca la verdad, sino la autenticidad.

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